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Divoc: la historia del perro encontrado durante el confinamiento en Canadá

El perro adoptado en Canadá durante el COVID

En Canadá, durante los meses más difíciles de la pandemia de COVID-19, cuando muchas ciudades vivieron restricciones de movimiento, aislamiento social y largas semanas de incertidumbre, ocurrió una historia silenciosa de abandono, empatía y compañía inesperada. En la ciudad de Montreal, en la provincia de Quebec, dos jóvenes decidieron cambiar el destino de un perro que llevaba días solo junto a un canal helado.

Montreal y el confinamiento en Quebec durante la pandemia

Montreal, una de las ciudades más importantes de Canadá, vivió varias fases de restricciones durante la pandemia de COVID-19. En 2020 y 2021, la provincia de Quebec impuso confinamientos, toques de queda nocturnos y limitaciones de movilidad para frenar la propagación del virus. Durante esos periodos, muchos habitantes permanecieron en sus casas durante semanas, saliendo solo para lo esencial.
En este contexto, la vida urbana cambió por completo: calles vacías, parques silenciosos y una sensación de aislamiento que afectó especialmente a quienes vivían solos o en apartamentos pequeños.

Los dos jóvenes de Montreal

En un apartamento cerca del canal Lachine, vivían Emily Johnson y Nathan Miller, dos jóvenes canadienses que trabajaban desde casa durante el confinamiento. Su ventana daba directamente a una zona de agua y tierra junto al canal, un lugar donde normalmente paseaban ciclistas y caminantes, pero que durante las restricciones permanecía casi desierto.
Desde esa ventana comenzaron a notar algo extraño. Un perro.

El perro inmóvil junto al canal

Durante tres días consecutivos, Emily y Nathan vieron al mismo perro en el mismo lugar. Estaba solo, inmóvil, cerca de la orilla del canal Lachine, en una zona de tierra húmeda y piedras. No parecía tener dueño, ni collar visible, ni reaccionaba mucho.
Al principio pensaron que simplemente estaba descansando, pero con el paso de los días se dieron cuenta de que no se movía demasiado. Estaba triste, delgado y claramente abandonado.

La decisión de bajar durante la pandemia

A pesar del miedo general que existía en ese momento por la pandemia, Emily y Nathan decidieron bajar a verlo. En Canadá, durante la fase de confinamiento en Quebec en 2020 y principios de 2021, las salidas estaban permitidas para actividades esenciales, lo que incluía también asistencia a animales en peligro.
Bajaron con cuidado, manteniendo distancia de otras personas, siguiendo las normas sanitarias vigentes en ese periodo.
Cuando se acercaron, el perro no huyó. Solo los miró con ojos cansados.

El rescate del perro

No llevaba identificación. Estaba sucio, delgado y emocionalmente apagado. Aun así, no mostró agresividad.
Emily se agachó lentamente y le ofreció comida. El perro aceptó sin dudar. Nathan lo envolvió con una manta que habían traído. Lo llevaron de vuelta a su apartamento, evitando contacto innecesario con otras personas.

El miedo y la responsabilidad durante el COVID

Al principio tuvieron dudas. Era un momento de incertidumbre sanitaria, y no sabían si adoptar un animal abandonado podía implicar riesgos. Pero hablaron con un veterinario de emergencia en Montreal, quien les explicó que no había evidencia de transmisión del virus a través de perros domésticos en condiciones normales de contacto.
Con esa información, decidieron seguir adelante.

La búsqueda de su origen

Emily publicó fotos del perro en Facebook, Instagram y otros redes sociales locales de Montreal y Quebec. También contactaron con refugios y veterinarios de la zona. Nadie respondió. Nadie lo reconocía.
El perro no aparecía en ningún registro. Era como si no hubiera existido antes de ese momento.

El veterinario y el primer diagnóstico

El veterinario confirmó que no tenía microchip. Estaba desnutrido, pero sin enfermedades graves. Solo necesitaba alimentación, calor y tiempo.
El diagnóstico fue claro: abandono prolongado.

El proceso de recuperación

Durante las primeras semanas en el apartamento, el perro apenas se movía. Dormía mucho, comía poco y parecía desconfiar del mundo exterior.
Pero poco a poco, la rutina cambió todo. Paseos cortos junto al canal Lachine, comida regular y la presencia constante de Emily y Nathan empezaron a transformarlo.

El cambio emocional

Después de unas semanas, el perro comenzó a mostrar señales de recuperación emocional. Movía la cola, respondía a su nombre provisional y seguía a los dos jóvenes por el apartamento como si finalmente hubiera encontrado un lugar seguro.
El silencio del confinamiento fuera contrastaba con la vida que el perro empezaba a recuperar dentro de la casa.

El nombre: Divoc

Un día, mientras hablaban del pasado reciente del mundo, Nathan dijo una palabra al revés: COVID.
Divoc.
Se miraron en silencio y decidieron que ese sería su nombre. Un nombre que representaba el final de un periodo difícil y el comienzo de algo nuevo.

La compañía durante el confinamiento

Durante los meses más duros del confinamiento en Quebec, cuando las restricciones seguían vigentes y la vida social era mínima, Divoc se convirtió en una presencia fundamental en el hogar.
Mientras el mundo exterior estaba en pausa, el perro llenaba el interior de movimiento, rutina y compañía. Paseos por zonas cercanas del canal Lachine, tardes junto a la ventana y noches tranquilas en el apartamento marcaron esa etapa.

El fin del aislamiento y el inicio de una nueva vida

Cuando las restricciones en Quebec comenzaron a levantarse progresivamente en 2021, la vida en Montreal volvió lentamente a la normalidad. Pero para Emily y Nathan, algo había cambiado para siempre.
Divoc ya no era un perro rescatado. Era parte de su familia.

Conclusión: el perro del confinamiento

La historia de Divoc no es solo un relato de adopción durante la pandemia en Montreal, Canadá. Es la historia de cómo, en uno de los periodos más aislantes de la historia reciente, un perro abandonado junto al canal Lachine encontró un hogar, y dos jóvenes encontraron compañía cuando el mundo entero estaba cerrado.
Y así, en una ciudad que vivió el confinamiento de Quebec con calles vacías y silencio prolongado, un perro sin nombre terminó dándole sentido a la palabra hogar.

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